Cuando termine, mi vieja carretilla pedía a gritos una foto;
“Pues sí tienes razón, pero lo haremos mañana hoy ya es muy tarde”. De mañana,
recogí las camelias caídas durante la noche, le
hice un par de fotos, y la deje un rato más a lucirse, me daba pena tirar las
camelias tan pronto a la pila de compost.
A media
mañana me encuentro a Lucas (mi perro) acorralando un mirlo, el
pájaro estaba paralizado por el miedo, lo rescate justo a tiempo yo creo a punto de darle un
yuyo. Lo acaricie y no se me ocurrió otra cosa que ponerlo a recuperarse en el mullido
colchón de camelias de la carretilla. No me separe de él y pude ver como poco a
poco se iba recuperando. Me dejo hacer
todas las fotos que quise y en un
descuido salio volando cual ave fénix
dejando un mínimo rastro de plumas y
sin darme tiempo a capturar su vuelo.
Y allí se quedo la carretilla cual fiel burrito de carga
espléndida en su madurez, como el otro lado de las camelias.